Casi que alentado por su soledad en que se encontraba aunque sospechando
que le miraban ojos extraños desde algún laberinto escondido tras de las
paredes de la vivienda, Lucindo se dedicó a re empacar la desordenada tula
hasta dejarla tal y como la había recibido pensando solo en terminar la tarea
y apurar su regreso a Andina por lo cual se percató una vez más de su pasaje
aéreo y de su pasaporte embutidos entre un bolsillo secreto cosido al interior
de su nuevo pantalón de paño, precisamente donde nadie se atrevería
a
tocarle por mero pudor.
Terminada
su labor de acomodar el ya para entonces fastidioso bulto y
colocarle
sin mayor diligencia bajo el camastro, Lucindo extendió la
improvisada
cortina sumiendo de nuevo en las sombras el recinto y
trastabillando
en la oscuridad se dirigió al exterior alejándose rápidamente
del
lugar casi corriendo por el mismísimo medio de la calle que imaginó le
llevaría a donde pudiese encontrar algún rastro de vida humana que le
señalase el camino de regreso al aeropuerto.
La
soledad del lugar le impresionó aún más ahora que sin lugar a dudas era el
último habitante del universo. Las casas abandonadas del vecindario, los
buzones vacíos con sus rojas banderillas de atención mustias sobre las cajas
oxidadas, los jardines asfixiados bajo tupidos matorrales espinosos, la sombra
tentadora aunque lóbrega de los enormes flamboyanes floridos, las ropas
resecas olvidadas en las cuerdas tendidas entre los árboles de mango y de
naranjos cargados, los largos caminos de las hormigas glotonas, las rotas
bicicletas abandonadas al pie de las cercas, uno que otro esqueleto de
automóvil dormido sobre neumáticos desinflados, todo le hizo apurar el paso
que detuvo solamente al final de la calle bajo el alero agrietado de una
parada de autobús empapelada de afiches groseros.
Lejos de su mente visitar la ciudad, ir de compras, hacer amistades,
zambullirse en el Golfo, calentar sus huesos y remozar sus pálidas mejillas
curtidas por el frío de las montañas de su remoto pueblo de Altamira perdido
entre las coyunturas del Valle de los Sueños en el mismo corazón de su
querida patria Andina. Solo pensó en su cuenta de banco obesa de repente
por el inesperado banquete de billetes que ya estaría servido en su mesa de