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LUCINDO CERTERO

 
Lucindo Certero de la Cosa Campoamor Preciado, hijo humilde de Rosenda
Campoamor Preciado y de Tiberio Certero La Cosa, llamado simplemente
Lucindo Certero, trasladó su humanidad de andariego primerizo recién
desembarcado hasta el rechinante platón giratorio de descargue de maletas
del vuelo 001 de Andina Air levantado en el centro mismo de la caverna de
recepción aduanal del aeropuerto de Maomi, entrada internacional de
SalsiPuedes, un pequeño dominio inglés sobre el Golfo de México, no muy
distante del último reducto habitacional de Cayo Pata en la tierra de Ponce.
Lucindo vio rodar bultos y maletas de todos los tamaños vomitadas a
empujones desde las misteriosas entrañas umbilicales de la nave que le
condujo a SasiPuedes, delas que brotó últimamente la suya que no parecía
ser más que una larga y deforme salchicha amarrada con cinturones de
hebillas amarillas, crudos y sanguinolentos como recién curtidos de los que
haló la prenda arrancándola del vórtice de la plataforma hasta depositarla a
sus pies compadecido de su maltratada apariencia.
Esperó pacientemente su turno en la línea de la verdad que se achicaba por
entre un angosto pasillo a cuyo final esperaba estirando sobremanera su gran
cuello de jirafa un inspector de aduanas que esgrimía un enorme sello negro
sobre las cabezas agachadas como contritas de los viajeros. Lucindo empujó
su equipaje hasta acercarle al medroso agente que le olfateó con sus rojas
narizotas mascullando palabrotas que entendió como órdenes familiares de
cacheo. El hombre hurgó la inofensiva tula con curiosidad malsana sin
importarle el tamaño hueco que le causó con su atrevido pincho de carnicero,
tanteó lascivamente la barriga del bulto con su grandes pezuñas de gorila,
tiró de sus correas, le asestó un par de taconazos, se de detuvo a escuchar el
eco de su imaginación paranoica y clavó como un tiro la impúdica mirada de
sus ojos freudianos entre ceja y ceja del asustado Lucindo quien sintió
volverse bizco buscando la bala entre su testa quebrada convertida en patas
de rana en caldo que creyó ver correr por entre las grietas del concreto del
trasegado salón aduanal.
El sello de entrada a SalsiPuedes resonó sobre la virginidad de su pasaporte
como unos nueve balazos que perforó las entrañas en blanco del documento

 de carátula amarillenta como de pergamino engomado que lucía estampado

un verdoso pajarraco de alas enormes anclado sobre tres lanzas atadas por
un delgado lazo rojo y verde. Más aterrado del encuentro que feliz por
hallarse libre al fin del atrevido francotirador de inmigración, Lucindo se
encontró parado en el andén del terminal junto a su manipulada maleta
agujereada por la desconfianza. Acomodó la tula como mejor pudo
embutiéndole los intestinos de trapos y encomiendas regadas encontrándola
de pronto tan pequeña que terminó cargado sin saber que hacer con ellos de
objetos sobrantes como si le hubiesen enjalmado las autoridades locales con
una tonelada de preocupaciones y compromisos.
Terminado el oficio de acomodar el desbarate de la miserable tula y el propio
de confusión y desasosiego, Lucindo abandonó el lugar del que ya se habían
esfumado como por encanto las gentes compañeras de viaje desgonzando en
el interior de un viejo taxi deslucido timoneado por un enorme haitiano de
ojos goterosos que le pispiaba desde su mirador invertido de cristales
partidos refunfuñando criolleras disonantes a sus oídos encalambrados y
sordos. El vehículo atravesó perezosamente el enredo de los caminos
circunvalares del aeropuerto rumbo al sitio denotado en un papel trajinado
que Lucindo extendió por el camino al malgeniado conductor quien a duras
penas se dignó estudiarle como si concociese de antemano el destino de su
mudo pasajero.
Maomi se extendió precipitadamente enmarcado por los cristales imposibles
de correr de las ventanillas del vehículo dentro del cual Lucindo sudaba
aletargado viendo pasar el monótono paisaje de los altos edificios
desdibujados entre la bruma del cercano mar, las calles bordadas de casas
pequeñas gemelas con sus puertas y ventanas ocultas tras la telaraña de
horrorosas rejas como barrotes de presidio, los solares vacíos sin destino
aparente, uno que otro centro comercial solitario como tarjeta postal pegada
al enorme paredón del horizonte, un templo de maderas blancas roídas por la
inclemencia de las tormentas africanas rodeado de cruces blancas de piedra
tendidas en desorden entre la maleza de un efímero jardín y el infinito
sendero de las palmas dormidas bajo el bochorno del mediodía que se
desplomaba en rayos candecentes sobre aquel puerto al parecer abandonado
ya que nadie a excepción de Lucindo y el taxista parecía habitarlo.

 Convencido de haber llegado al desierto de Palmaseca que cubría la mayor

extensión de Andina, su país de origen, Lucindo vio partir al insoportable
haitiano con su descontento y mal encarado renegando de la miserable
propina recibida con el chillido apestoso de los frenos de su caldera que
pronto desapareció al final de la vía sobre la que temblaba epilépticamente la
resolana en espejismos danzantes entre la oleosa mazamorra del asfalto.
De no llevar consigo la dirección del lugar, Lucindo no hubiese encontrado
jamás la vivienda a la que se dirigía tan iguales lo eran todas que algunas
estaban marcadas con las señas particulares de sus dueños, entre estas la
muy recomendada de un trapo rojo y verde que colgaba deshilachado de un
coco de Indias capado y marchito. Lucindo respiró confiado al reconocer la
señal indicada y avanzó como por predio conocido a lo largo del angosto
sendero de entrada al lugar hasta llegarse frente a la puerta de paneles
salpicada de insectos aplastados y lagartijas asustadas, frente a la cual
descargó su fardo para oprimir el negruzco botón del timbre oculto entre los
engarces de la reja corrediza sorpresivamente abierta.

Nadie contestó. Trató la puerta con un leve empujón y esta se abrió sobre sus
goznes quejumbrosos como tirada por algún misterioso anfitrión para darle
paso al interior al que penetró sin poder distinguir de momento el recinto
pesado de olores extraños y aparentemente deshabitado. Pronto se
acostumbraron sus ojos a la oscuridad de la que brotaron lentamente las
siluetas de objetos diversos esparcidos aquí y allá en dos pequeñas
habitaciones, cajas de cartón de madera deshechas, periódicos
desordenados, enlatados vacíos, un enorme sillón de cuero negro destripado,
paredes desnudas, un cuartucho esquinero servía de cocina, otro apestoso
ostentaba una dilapidada tina de baño al pie de un sucio inodoro desbordado,
en otro extremo un garaje cerrado amoblado con un camastro miserable
sobre el que colgaba y más triste que ningún otro Cristo conocido un
redentor de bronce clavado con tachuelas negras.
Interesado como estaba Lucindo en deshacerse de su encargo cuanto antes,
se dirigió al supuesto garaje y descorrió un pesada cobija maloliente que
colgaba de su torcido travesaño sobre la ventana del aposento al que penetró
abusador el abrumante rayo de sol poniente que comenzaba a descender
entre los maravillosos celajes del ocaso hacia el horizonte de los manglares

 lejanos sobre cuyas extensiones infinitas había posado Lucindo su mirada y

dejado volar su imaginación unas horas antes cuando la nave que le conducía

 a SalsiPuedes de descolgaba silenciosamente hacia el aeropuerto de Maomi.

Casi que alentado por su soledad en que se encontraba aunque sospechando
que le miraban ojos extraños desde algún laberinto escondido tras de las
paredes de la vivienda, Lucindo se dedicó a re empacar la desordenada tula
hasta dejarla tal y como la había recibido pensando solo en terminar la tarea
y apurar su regreso a Andina por lo cual se percató una vez más de su pasaje
aéreo y de su pasaporte embutidos entre un bolsillo secreto cosido al interior
de su nuevo pantalón de paño, precisamente donde nadie se atrevería a
tocarle por mero pudor.
Terminada su labor de acomodar el ya para entonces fastidioso bulto y
colocarle sin mayor diligencia bajo el camastro, Lucindo extendió la
improvisada cortina sumiendo de nuevo en las sombras el recinto y
trastabillando en la oscuridad se dirigió al exterior alejándose rápidamente
del lugar casi corriendo por el mismísimo medio de la calle que imaginó le
llevaría a donde pudiese encontrar algún rastro de vida humana que le
señalase el camino de regreso al aeropuerto.
La soledad del lugar le impresionó aún más ahora que sin lugar a dudas era el
último habitante del universo. Las casas abandonadas del vecindario, los
buzones vacíos con sus rojas banderillas de atención mustias sobre las cajas
oxidadas, los jardines asfixiados bajo tupidos matorrales espinosos, la sombra
tentadora aunque lóbrega de los enormes flamboyanes floridos, las ropas
resecas olvidadas en las cuerdas tendidas entre los árboles de mango y de
naranjos cargados, los largos caminos de las hormigas glotonas, las rotas
bicicletas abandonadas al pie de las cercas, uno que otro esqueleto de
automóvil dormido sobre neumáticos desinflados, todo le hizo apurar el paso
que detuvo solamente al final de la calle bajo el alero agrietado de una
parada de autobús empapelada de afiches groseros.
Lejos de su mente visitar la ciudad, ir de compras, hacer amistades,
zambullirse en el Golfo, calentar sus huesos y remozar sus pálidas mejillas
curtidas por el frío de las montañas de su remoto pueblo de Altamira perdido
entre las coyunturas del Valle de los Sueños en el mismo corazón de su
querida patria Andina. Solo pensó en su cuenta de banco obesa de repente
por el inesperado banquete de billetes que ya estaría servido en su mesa de

 oportunidades según lo prometido por aquel extraño con porte de padrino

pudiente que bajo de la cordillera una tarde no muy lejana y le convirtió en
ahijado heredero de un pasaporte que nunca solicitó, una visa de placer por
la que no bregó y un pasaje de ida y vuelta que nada le costó.
Pensó en su mujer y en sus hijos, una docena de ellos, en su heredad estéril,
en los tupidos sembrado de nuevas plantas extrañas que dizque daban
desmayos, en las cuadrillas de los hombres armados y escurridizos, en su
valle abandonado convertido en caminos ocultos y vericuetos misteriosos, en
esa esquina de Maomi donde esperaba parecida al recuerdo, en el regreso a
vivir de veras en la capital, en casa propia, hasta con carro o bicicleta por
poco, en un negocio pequeño surtido con empeño, en su hembra siempre
sonriente y ansiosa, en sus hijos creciendo con gana, sin miedo de todo y de
nada, con sus propios padrinos, con muchos encargos viajeros. Pensó mucho,
hasta que se quedó dormido a medias cansado de tanto pensar.
Lo último que vio Lucindo antes de morir fue un enorme lagarto verde y
húmedo que reptaba silencioso por el río de piedra de la calle mirándole con
sus terribles ojos cavernosos anclado sobre el afilado abismo de su
monstruosa jeta y el escamoso perfil de su enorme apéndice asesino que de
un solo coletazo le dejó anegado entre la roja melaza de su sangre. Andrés de
partir, Lucindo vio sumergirse tan de repente como saurio asesino en el fondo
tenebroso del manglar cargado de todos sus pensamientos.
A lo lejos flotaba bajo el esplendor del ocaso de SalsiPuedes la negra silueta
de una nave en vuelo hacia la noche.

 

   

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